Las autoridades capitalinas confirmaron el trágico fallecimiento de tres personas en las inmediaciones del Ángel de la Independencia: un hombre de 44 años, una joven de 19 años y una mujer de 48 años. Las tres víctimas perdieron la vida por asfixia tras ser brutalmente aplastadas por una multitud fuera de control.
A pesar de la llegada de los cuerpos de emergencia y de las intensas maniobras avanzadas de reanimación cardiopulmonar (RCP) aplicadas en el sitio, los paramédicos no pudieron hacer nada por salvarlos; el sobrecupo y la agresividad de la masa resultaron fatales.
El saldo de la noche no solo se mide en vidas perdidas, sino en una alarmante radiografía social. Las corporaciones de seguridad reportaron que los festejos estuvieron plagados de incidentes violentos, destrozos al mobiliario público, conatos de bronca y agresiones directas entre los mismos asistentes.
Bajo el pretexto de la "pasión futbolera", cientos de personas sacaron su peor versión, convirtiendo Paseo de la Reforma en un escenario de caos donde el respeto por el prójimo brilló por su ausencia.
Ganamos un partido en la cancha, pero como sociedad perdimos la humanidad, la educación y el respeto más elemental.
Esta tragedia deja en el aire una pregunta incómoda pero necesaria para toda la afición y la ciudadanía en general: Si este es el nivel de barbarie y destrucción por ganar un partido de fase regular, ¿qué pasaría si México llegara a ganar un Mundial?
Las autoridades ya se encuentran revisando las cámaras de seguridad de la zona para deslindar responsabilidades por los disturbios, mientras las familias de las víctimas exigen justicia ante una noche donde la violencia le ganó por goleada al deporte.
