Sí, leyó usted bien. Una jueza federal ordenó su "inmediata libertad" por esta causa penal específica. Sin embargo, no hay que caer en pánico mediático: el célebre delincuente no saldrá de prisión, pues tiene una colección de condenas pendientes que lo mantendrán tras las rejas por el resto de sus días. Pero el fondo del asunto es lo que debería ponernos a reflexionar.
El fallo: pruebas "insuficientes" para una memoria viva
La jueza Raquel Ivette Duarte Cedillo determinó que las pruebas presentadas en su momento por la desaparecida PGR fueron insuficientes. A pesar de que un padre de familia identificó plenamente la voz de Arizmendi como quien negociaba la libertad de su hijo (a quien, por cierto, le cortaron una oreja), legalmente no hubo una "imputación directa" que sostuviera el caso bajo los estándares actuales.
El expediente es de terror: narra cómo obligaron a la víctima a firmar cartas pidiendo perdón a su familia por "tener dinero". Aun con esa narrativa gráfica, la carga de la prueba falló. El principio de presunción de inocencia terminó favoreciendo a quien, en la conciencia colectiva, no tiene nada de inocente.
La ironía del sistema
Por la única causa en la que sí se le halló responsabilidad —delincuencia organizada—, se le impuso una pena de ocho años. Como Arizmendi lleva 27 años guardado, la jueza dio la pena por compurgada.
Este episodio se suma a la reciente victoria legal de su pareja, Dulce Paz Venegas, quien también recibió un amparo tras 26 años de proceso, bajo el argumento de que debió ser juzgada en el fuero común y no en el federal.
La lupa del Arlequín:
Este caso es el ejemplo perfecto del porqué México vive en un eterno déjà vu de injusticia. No se trata de defender a un criminal, sino de evidenciar cómo las instituciones (desde la vieja PGR hasta los tribunales actuales) terminan "regalando" estas victorias legales por no saber integrar expedientes sólidos.
Hoy, el "Mochaorejas" duerme en Durango sabiéndose "absuelto" de un pecado más, mientras las víctimas siguen cargando con las cicatrices —físicas y emocionales— de una época que el sistema parece olvidar en los papeles.
